Todas las veces que estuve cerca de ella

ByPaul Faz

Todas las veces que estuve cerca de ella

La primera vez que estuve cerca de ella, fue en un colectivo a mi casa.

Era de noche y aunque apenas podía ver los rostros de las personas allí dentro, me bastó ver su silueta para sentir que mi mundo se movía otra vez. Cuando entró al colectivo solo alcancé a ver su silueta delgada. Su piel era tan clara que a pesar de la oscuridad se notaba que era una niña bonita. Caí en la cuenta que ese era el tipo de chica que me gustaba a los doce años.

Ella entró al colectivo algunas cuadras más arriba y se sentó en las piernas de su mamá. Se me grabó su voz. No sabría como describir su voz. Sólo sé que aún la recuerdo. Y recuerdo aquella noche y ella bajándose del colectivo y yo no volví a ser el mismo desde aquella noche.

La segunda vez que estuve cerca de ella, estaba jugando con una pelota. Era vísperas de navidad.

Estaba a unos doce metros quizá. Estaba sentada con sus cabellos castaños y ondeados ligeramente, como retazos de la madera de un lápiz luego de ser tajado. Allí sentada miraba hacia donde yo estaba. No lo diría tan seguro pero me gusta aún hoy pensar que me miraba.

Entonces ponía cara seria y me esforzaba más en mi entrenamiento. Paradójicamente me volvía más torpe con la pelota.

Se llamaba Flor. Ahora que lo escribo me parece un nombre muy simple. Quizá demasiado para ella.

Entonces cuando dije, ella tiene que ser mi enamorada, puse manos a la obra un plan. Era perfecto. Esperaría la próxima Navidad y entonces le tocaría la puerta y le entregaría una carta.

Allí le diría todo lo que sentía por ella que, era básicamente deseos de amarla, cuidarla y hacerla reír. Cosas simples. Entonces sería mi esposa, nos casaríamos a los dieciocho años y para los veinte tendríamos un bebé.

¿Qué tonto verdad?

Sueños de niño. Pero este niño fue muy testarudo con esta historia. Cuando llegó la Navidad del año siguiente, no preparé ninguna carta. Ninguna porque me había pasado el año escribiéndole poemas y no supe cuál entregar o si debería hacerlo.

La Navidad de ese año, la pasé sentado mirando la ventana esperándola. Hoy me daría una bofetada seguramente. No entiendo por qué estuve esperando. No tuve el coraje de salir y buscarla y esperaba que ella lo hiciera porque dentro de mí tenía la esperanza de que ella sentiría en secreto lo mismo por mi.

Algunos años después continuaba enamorado de ella y entonces un amigo en común se comprometió en ayudarme.

Y lo hizo.

La tercera vez que estuve cerca de ella, fue en 1998 cuando tuve una radio pirata donde pasaba rock.

Nirvana, Sting, Alanis Morriset, Radio Head, fue genial.

No era gran cosa la radio, pues sólo transmitía a 2 kilómetros a la redonda, pero ella lo escuchaba. Y mi amigo hizo todo lo posible para asegurarse que ella nos diera una visita a nuestra gran cabina de radio. En realidad el cuarto de mi hermano.

Siéntate en la cama si no alcanzan las sillas – era lo que decíamos cuando nos visitaban algunos amigos.

Cuando ella entró, fue como ver a una celebridad.

Toda su presencia, esa presencia tan idealizada por años, había entrado junto a su amiga y a su hermana a una triste cabina de radio pirata. Mi amigo y mi hermano monopolizaban la conversación y yo seguía como un ratón asustado agazapado tras el micrófono sin poder hablarle.

Mi amigo la hizo hablar frente al micrófono y yo alcancé a presionar las teclas de grabar en una cinta que aún creo que está por algún lugar. Así grabé su voz.

  • Habla tú … pero ya – fue todo lo que dijo.

Será por ello que aún su voz está presente.

Esa noche no pasó nada. No hablé con ella. No fuimos amigos ni siquiera. Así continuó un par de años cuando un día mi amigo, tocó la puerta de mi casa. Yo había ingresado a la universidad en ese entonces y de ella sabía poco.

  • Oye, ¿te enteraste? – me dijo con cara seria.
  • No. De qué – le dije intrigado.
  • Flor… está mal.
  • Qué le pasó.
  • Tiene Leucemia.

Sorprendí a todos creo con mi actitud. No me preocupé, no me puse triste, no dije nada. Apenas si me importó. O al menos eso pareció.

De alguna manera, no me dolió.

Los meses que siguieron a aquella noticia progresivamente me enteraba de su estado de salud por mi amigo. Mi hermano también comentaba algo de vez en cuando.

Yo había tomado la decisión de decirle lo que sentía. Después de casi seis años me animaría a decírselo por fin. Así que escribí una carta con un poema dentro de un sobre blanco.

Tenía que hacerlo. Había escuchado que ella pedía la visita de sus amigos. Bueno, yo no lo era pero quería serlo y quizá esa era mi última oportunidad. La carta estaba lista.

Una tarde, ese amigo golpeó mi puerta y nuevamente fue para darme una mala noticia.

  • Flor ha fallecido.

Así que la última vez que estuve cerca de ella fue dos años después de su muerte en el 2002. Visité su tumba y le dije lo que andaba sintiendo por ella cuando era un niño de doce años.

Quizá ya no importaba pero yo lo necesitaba. Al menos uno de nosotros le serviría estar allí. No había ido cuando ella se enfermó, no fui a su funeral, no fui nadie para ella en realidad.

Pero para mi fue toda una etapa.

La dulce niña de cabellos castaños ensortijados se había ido y quizá hubiéramos sido buenos amigos.

Una noche, unos meses después, había logrado aprender a tocar la guitarra y aunque tuve poca suerte con la chica a quería cantarle, me acordé de Flor.

Y fue así que escribí “En la ciudad”.

Te la debía Flor.

Y es así que ser abandonado, no tiene un sólo significado para mí.

 

About the author

Paul Faz administrator

Soy cantante, compositor y escritor de corazón. Soy un artista desde el vientre de mi madre. Detesto la idea de vivir haciendo covers y respeto mucho al artista que hace su propia obra. Amo el New Wave, el rock, la psicodelia, amo escribir, amo un buen café en la noche... y voy a ser música propia sin importar ganar millones. Con uno me conformo ;)

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